jueves, 12 de agosto de 2010

LA IMITACION DE LA ROSA

Antes de que Armando volviera del trabajo la casa debería estar arreglada, y ella con su vestido marrón para atender al marido mientras el se vestía, y entonces saldrían tranquilamente, tomados del brazo como antaño. ¿Desde cuándo no hacían eso?
Pero ahora que ella estaba nuevamente “bien”, tomaría el autobús, ella miraría por la ventanilla como una esposa, su brazo en el de él, y después cenarían con Carlota y Juan, recostados en la silla con intimidad. ¿Desde hacía cuánto tiempo no veía a Armando recostarse con confianza y conversar con un hombre? La paz de un hombre era, olvidado de su mujer, conversar con otro hombre sobre lo que aparecía en los diarios. Mientras tanto, ella hablaría con Carlota sobre cosas de mujeres, sumisa a la voluntad autoritaria y práctica de Carlota, recibiendo de nuevo la desatención y el vago desprecio de la amiga, su rudeza natural, y no más aquel cariño perplejo y lleno de curiosidad, viendo, en fin, a Armando olvidado de la propia mujer. Y ella misma regresando reconocida a su insignificancia. Como el gato que pasa la noche fuera y, como si nada hubiera sucedido, encuentra, sin ningún reproche, un plato de leche esperándolo. Felizmente, las personas la ayudaban a sentir que ahora estaba “bien”. Sin mirarla, la ayudaban activamente a olvidar, fingiendo ella el olvido, como si hubiesen leído las misma indicaciones del mismo frasco de remedio. O habían olvidado realmente, quién sabe. ¿Desde hacía cuánto tiempo no veía a Armando recostarse con abandono, olvidado de ella? ¿Y ella misma?
Interrumpiendo el arreglo del tocador, Laura se miró al espejo: ¿ella misma, desde hacia cuánto tiempo? Su rostro tenía una gracia doméstica, los cabellos estaban sujetos con horquillas detrás de las orejas grandes y pálidas. Los ojos marrones, los cabellos marrones, la piel morena y suave, todo daba a su rostro ya no muy joven un aire modesto de mujer. ¿Acaso alguien vería, en esa mínima punta de sorpresa que había en el fondo de sus ojos, alguien vería, en ese mínimo punto ofendido, la falta de los hijos que nunca había tenido?
Con su gesto minuciosos por el método -el mismo que cuando niña la hacía copiar con la letra perfecta los apuntes de clase, sin comprenderlos-, con su gusto por el método, ahora, reasumido, planeaba arreglar la casa antes de que la sirvienta saliese de paseo par que, una vez que María estuviera en la calle, ella no necesitaría hacer nada más que: 1) vestirse tranquilamente; 2) esperar a Armando, ya lista; 3) ¿qué era lo tercero? ¡Eso es! Era eso mismo lo que haría. Se pondría el vestido marrón con cuello de encaje color crema. Después de tomar su baño. Ya en los tiempos del Sacré Coeur ella había sido muy arregladita y limpia, con mucho gusto por la higiene personal y un cierto horror al desorden. Lo que no había logrado nunca que Carlota, ya en aquél tiempo un poco original, la admirase. La reacción de las dos siempre había sido diferente. Carlota, ambiciosa, siempre riéndose fuerte; ella, Laura, un poco lenta y , por así decir, cuidando de mantenerse siempre lenta; Carlota, sin ver nunca peligro en nada. Y ella cuidadosa. Cuando le dieron para leer la Imitación de Cristo, con un ardor de burra ella lo leyó sin entender pero, que Dios la perdonara, había sentido que quien imitase a Cristo estaría perdido; perdido en la luz, pero peligrosamente perdido. Cristo era la peor tentación. Y Carlota ni siquiera lo había querido leer, mintiéndole a la monja que sí lo había leído. Eso mismo. Se pondría el vestido marrón con cuello de encaje verdadero.
Pero cuando vio la hora recordó, con un sobresalto que le hizo llevarse la mano al pecho, que había olvidado tomar su vaso de leche.
Se encaminó a la cocina y, como si hubiera traicionado culpablemente a Armando y a los amigos devotos, junto al refrigerador bebió los primeros sorbos con una ansiosa lentitud, concentrándose en cada trago con fe, como si estuviera indemnizando a todos y castigándose ella. Como el médico había dicho: “ Tome leche entre las comidas, no esté nunca con el estomago vacío, porque eso provoca ansiedad” ella, entonces, aunque sin amenaza de ansiedad, tomaba sin discutir trago por trago, día por día, sin fallar nunca, con los ojos cerrados, con un ligero ardor con un ligero ardor para que no pudiera encontrar en sí misma la menor incredulidad. Lo incomodo era que el medico parecía contradecirse cuando, al mismo tiempo que daba una orden precisa que ella quería seguir con el celo de un conversa, también le había dicho: “Abandónese, intento todo suavemente, no se esfuerce por conseguirlo, olvide completamente lo que sucedió y todo volverá con naturalidad” Y le había dado una palmada en la espalda, lo que la había lisonjeado haciéndola enrojecer de placer. Pero en su humilde opinión una orden parecía anular a la otra, como si le pidieran comer harían ay al mismo tiempo silbar. Para fundirlas en una sola, empezó a usar una estratagema: aquel vaso de leche que había terminado por ganar un secreto poder, y tenia dentro de cada trago el gusto de un apalabra renovando la fuerte palmada en la espalda, aquel vaso de leche era llevado por ella a la sala, donde se sentaba con mucha naturalidad, fingiendo falta de interés, “sin esforzarse”, cumpliendo de esta manera la segunda orden. “No importa que yo engorde” pensó, lo principal nunca había sido la belleza.
Se sentó en el sofá como si fuera una visita en su propia casa que, recientemente recuperada, arreglada y fría, recordaba la tranquilidad de una casa ajena. Lo que era muy satisfactorio: al contrario de Carlota, que hiciera de su hogar algo parecido a ella misma, Laura sentía el placer de hacer de su casa algo impersonal; en cierto modo perfecto por ser impersonal.
Oh, que bueno era estar de vuelta, realmente de vegetal, sonrió ella satisfecha. Tomando el vaso casi vacío, cerró los ojos con un suspiro de dulce cansancio. Había planchado las camisas de Armando, había hecho listas metódicas para el día siguiente, calculando minuciosamente lo que iba a gastar por la mañana en el mercado, realmente no sabia parado un solo instante. Oh, qué bueno era estar de nuevo cansada.
Si un ser perfecto del planeta Marte descendiera y se enterara de que los seres de la Tierra se cansaban y envejecían, sentiría pena y espanto. Sin entender jamás lo que había de bueno en ser gente, en sentirse cansada, en fallar diariamente; sólo los iniciado comprenderían ese matiz de vicio y ese refinamiento de vida.
Y ella retornaba al fin de la perfección del planeta Marte. Ella, que nunca habia deseado otra cosa que ser la mujer de un hombre, reencontraba, grata, su parte diariamente falible. Con los ojos cerrados suspiró agradecida. ¿Cuánto tiempo hacía que no se cansaba? Pero ahora se sentía todos los días casi exhausta y planchaba, por ejemplo, las camisas de Armando, siempre le había gustado planchar y sin modestia podía decir que era una planchadora excelente. Y después, en recompensa, quedaba exhausta. No más aquella atenta falta de cansancio, no más aquel punto vacío y despierto y horriblemente maravilloso dentro de sí. No más aquella terrible independencia. No más la facilidad monstruosa y simple de no dormir ni de día ni de noche- que su discreción la hiciera súbitamente sobrehumana en relación con un marido cansado y perplejo-. Él, con aquel aire que tenía cuando estaba mudo de preocupación (lo que le daba a ella una piedad dolorida, si, aun dentro de su despierta perfección, la piedad y el amor), ella sobrehumana y tranquila en su brillante aislamiento, y él, cuando tímido venía a visitarla llevando manzanas y uvas que la enfermera con un encogerse de hombros comía, él haciendo visitas ceremoniosas, como un novio, con un aire infeliz y una sonrisa fija, esforzándose en su heroísmo por comprender, él que la recibiera de un padre y de un sacerdote, que inesperadamente, como un barco tranquilo que se adorna en las aguas, se había tornado sobrehumana.
Ahora, ya nada de eso. Nunca más, Oh, apenas si había sido una debilidad; el genio era la peor tentación. Pero después ella se había recuperado tan completamente que ya hasta comenzaba otra vez a cuidarse para no incomodar a los otros con su viejo gusto por el detalle. Ella recordaba bien a las compañeras del Sacré Coeur diciéndole: “YA contaste eso mil veces”, recordaba eso con una sonrisa tímida. Se había recuperado tan completamente : ahora todos los días su rostro decaía al atardecer, y entonces la noche tenía su vieja finalidad, no sólo era la perfecta noche estrellada. Y como a todo el mundo, cada día la fatigaba; como todo el mundo, humana y perecedera. No más aquella perfección. No más aquella cosa que un día se desparramara clara, como un cáncer, en su alma.
Abrió los ojos pesados de sueño, sintiendo el buen vaso, sólido, en las manos, pero los cerró de nuevo con una confortada sonrisa de cansancio, bañándose como un nuevo rico, en todas sus partículas, en esa agua familiar y ligeramente nauseabunda. Si, ligeramente nauseabunda; qué importancia tenía, si ella también era un poco fastidiosa, bien lo sabia. Pero al marido no le parecía, entonces qué importancia tenia, si gracias a Dios ella no vivía en un ambiente que exigiera que fuese ingeniosa e interesante, y hasta de la escuela secundaria, que tan embarazosamente exigiera que fuese despierta, se había librado. ¿Qué importancia tenía. En el cansancio -había planchado las camisas de Armando sin contar que también había ido al mercado por la mañana demorándose tanto allí, por ese gusto que tenía de hacer que las cosas rindiera-, en el cansancio había un lugar bueno para ella, un lugar discreto y apagado del que, con bastante embarazo para sí misma y para los otros, una vez saliera. Pero, como iba diciendo, gracias a Dios se había recuperado.
Y si buscara con mayor fe y amor encontraría dentro del cansancio un lugar todavía mejor, que sería el sueño. Suspiró con placer, tentada por un momento de maliciosa travesura a ir al encuentro del aire tibio que era su respiración ya somnolienta, por un instante tentada a dormitar. “¡Un instante sólo, sólo un momentito!, se pidió, lisonjeada por haber tenido tanto sueño, y
Lo pedía llena de maña como si pidiera un hombre, lo que siempre le gustaba mucho a Armando.
Pero realmente no tenia tiempo para dormir ahora, ni siquiera para echarse un sueñito, pensó vanidosa y con falsa modestia; ¡ella era un apersona tan ocupada!, siempre había envidiado a las personas que decían: “No tuve tiempo”; y ahora ella era nuevamente una persona tan ocupada; iría a comer con Carlota y todo tenía que estar ordenadamente listo, era la primera comida fuera desde que regresara y ella no quería llegar tarde, tenía que estar lista cuando…. Bien, ya dije eso mil veces, pensó avergonzada. Bastaría decir una sola vez: “No quería llegar tarde”, eso era motivo suficiente: si nunca había soportado sin enorme humillación ser un trastorno para alguien, ahora más que nunca no debería… No, no habrá la menor duda: no tenía tiempo para dormir. Lo que debía hacer moviéndose con familiaridad en aquella intima riqueza de la rutina -y le mortificaba que Carlota despreciara su gusto por la rutina- , lo que debía hacer era:
1)esperar que la sirvienta estuviera lista; 2)darle dinero para que trajera la carne para mañana; cómo explicar que hasta la dificultad para encontrar buena carne era una cosa buena; 3) comenzar minuciosamente a lavarse, vestirse entregándose sin reserva al placer de hacer que el tiempo rindiera. El vestido marrón combinaba con sus ojos y el cuello de encaje color crema le daba un cierto aire infantil, como de niño antiguo. Y, de regreso a la paz nocturna de Tijuca -no más aquella luz ciega de las enfermeras peinadas y alegres saliendo de fiesta, después de haberla arrojado como a una gallina indefensa en el abismo de la insulina-, de regreso a la paz nocturna de Tijuca, de regreso a su verdadera vida; ella iría tomada del brazo de Armando, caminando lentamente hacia la parada del autobús, con aquellos muslos duros y gruesos que la faja empaquetaba en uno solo transformándola en una señora distinguida, pero cuando, confundida, ella le decía a Armando que eso provenía de una insuficiencia ovárica, él, que se sentía lisonjeado por los muslos de su mujer, respondía con mucha audacia: “¿Para qué habría querido casarme con una bailarina?, eso era lo que él respondía. Nadie lo diría, pero Armando a veces podía ser muy maliciosa, aunque nadie lo diría. De vez en cuando los dos decían lo mismo. Ella explicaba que era a causa de la insuficiencia ovárica. Entonces él decía:¿”Para que me habría servido estar casado con una bailarina?”. A veces él era muy atrevido aunque nadie lo diría. Carlota se habría espantado de haber sabio que ellos también tenían una vida íntima y cosas que no se contaban, pero ella no las diría aunque era una pena no poder contarlas, seguramente Carlota pensaba que ella era sólo un mujer ordenada y común y un poco aburrida, y si ella a veces estaba obligada a cuidarse par no molestar a los otros con detalles, a veces con Armando se descuidaba y era un poco aburrida, cosa que no tenía importancia porque él fingía que escuchaba aunque no oía todo lo que ella contaba, y eso no la amargaba, comprendía perfectamente bien que sus conversaciones cansaban un poco a la gente, pero era bueno poder contarle que no había encontrado carne buena aunque Armando moviera la cabeza y no escuchase, la sirvienta y ella conversaban mucho, en verdad más ella que la sirvienta que a veces contenía su impaciencia y se ponía un poco atrevida. La culpa era suya que no siempre se había respetar.
Pero, como ella iba diciendo, tomados del brazo, bajita y castaña ella y alto y delgado él, gracias a Dios tenia salud. Ella castaña, como oscuramente pensaba que debía ser una esposa. Tener cabellos negros o rubios era un exceso que, en su deseo de acertar, ella nunca había ambicionado. Y en materia de ojos verdes, bueno, le parecía que si tuviera ojos verdes sería como no contarle todo a su marido. No es que Carlota diera propiamente de qué hablar, pero ella, Laura -que si tuviera oportunidad la defendería ardientemente, pero nunca había tenido ocasión- ella, Laura, estaba obligada contra su gusto a estar de acuerdo en que la amiga tenía una manera extraña y cómica de tratar al marido; OH, no por ser de igual a igual, pues ahora eso se usaba, pero usted ya sabe lo que quiero decir. Carlos era un poco original, eso ya lo había comentado una vez con Armando y Armando había esto de acuerdo pero sin darle demasiada importancia. Pero, como ella iba diciendo, de marrón con el cuellito…, el devaneo la llenaba con el mismo gusto que le daba a arreglar cajones, hasta llegaba a desarreglarlos para poder acomodarlos de nuevo.
Abrió los ojos y, comos fuera la sala la que hubiera dormitado y no ella, la sala parecía renovada y reposada con sus sillones cepillados y las cortinas que habían encogido en el último lavado, como pantalones demasiado cortos y la persona mirara cómicamente sus propias piernas. ¡Oh! Que bueno era tener todo arreglado y sin polvo, todo limpio por sus propias manos diestras, y tan silencioso, con un jarrón de flores, como una sal de espera, tan respetuosa, tan impersonal. Qué linda era la vida común para ella, que finalmente había regresado de la extravagancia. Hasta un florero. Lo miró.
- Ah, qué lindas son -exclamó su corazón, de pronto un poco infantil. Eran menudas rosas silvestres que había comprado por la mana en el mercado, en parte porque el hombre había insistido mucho, en parte por osadía. Las había arreglado en el florero esa misma mañana, mientras tomaba el sagrado vaso de leche de las diez.
Pero, a la luz de la sala, las rosas estaban en toda su completa y tranquila belleza.
Nunca vi rosas tan bonita, pensó con curiosidad. Y como si no acabara de pensar justamente eso, vagamente consciente de que acababa de pensar justamente eso y pasando rápidamente por encima de la confusión de reconocerse un poco fastidiosa, pensó en una etapa más nueva de la sorpresa: “Sinceramente, nunca vi rosas tan bonitas” Las miró con atención. Pero la atención no podía mantenerse mucho tiempo como simple atención, en seguida se transformaba en suave placer, y ella no conseguía ya analizar las rosas, estaba obligada a interrumpirse con la misma exclamación de curiosidad sumisa: ¡Qué lindas son!.
Eran varias rosas perfectas, algunas en el mismo tallo. En cierto momento habían trepado con ligera avidez unas sobre otras, pero después, hecho el juego, tranquilas se habían inmovilizado. Eran algunas rosas perfectas en su pequeñez, no del todo abiertas, y el tono rosado era casi blanco. ¿Hasta parecían artificiales!, dijo sorprendida. Podrían dar la impresión de blancas si estuvieran completamente abiertas, pero con los pétalos centrales envueltos en botón, el color se concentraba y, como el lóbulo de una oreja, se sentía el rubor circular dentro de ellas. ¿Qué lindas son!, pensó Laura sorprendida.
Pero sin saber por qué estaba un poco tímida, un poco perturbada. ¡Oh!, no demasiado, pero sucedía que la belleza extrema la molestaba.
Oyó los pasos de la criada sobre el mosaico de la cocina y por el sonido hueco reconoció que llevaba tacones altos; por lo tanto, debía de estar a punto de salir. Entonces Laura tuvo una idea en cierta manera original: ¿por qué no pedirla a María que pasara por la casa de Carlota y le dejase las rosas de regalo?
Porque aquella extrema belleza la molestaba. ¿La molestaba? Era un riesgo. ¡OH!, no, ¿por qué un riesgo?, apenas molestaban, era una advertencia, ¡OH!, no, ¿ por qué advertencia? María le daría las rosas a Carlota:
- Las manda la señora Laura- diría María.
Sonrió pensativa. Carlota se extrañaría de que Laura, pudiendo traer personalmente las rosas, ya que deseaba regalárselas, las mandara antes de la cena con la sirvienta Sin hablar de que encontraría gracioso recibir las rosas, le parecería “refinado”
- ¡Esas cosas no son necesarias entre nosotras, Laura -diría la otra con aquella franqueza un poco brutal, y Laura diría con un sofocado gritito de arrebatamiento:
- Oh no, no! ¡no es por la invitación a cenar!, ¡es que las rosas eran tan lindas que sentí el impulso de ofrecértelas!
Si, si en ese momento tuviera valor, sería eso lo que diría. ¿Cómo diría?, necesitaba no olvidarse: diría:
- Oh no, no, etcétera - y Carlota se sorprendería con la delicadeza de sentimientos de Laura, nadie imaginaría que Laura tuviera también esas ideas. En esa escena imaginaria y apacible que la hacía sonreír beatíficamente, ella se llamaba a sí misma “Laura”, como si se tratara de una tercera persona. Una tercera persona llena de aquella fe suya y crepitante y grata y tranquila, Laura, la del cuellito de encaje auténtico, vestida discretamente, esposa de Armando, en fin, un Armando que ya no necesitaba esforzarse en prestar atención a todas sus conversaciones sobre la sirvienta y la carne, que ya n necesitaba pensar en su mujer, como un hombre que es feliz, como un hombre que no está casado con una bailarina.
- No pude dejar de mandarte las rosas - diría Laura, esa tercera persona tan, pero tan…Y regalar las rosas era casi tan lindo como las propias rosas.
Y ella quedaría libre de las flores.
Y, entonces, ¿qué es lo que sucedería? Ah, si: como iba diciendo, Carlota quedaría sorprendida con aquella Laura que no era inteligente ni buena pero también tenía sus sentimientos secretos. ¿Y Armando? Armando miraría un poco asustado -¡pues es esencial no olvidar que de ninguna manera él está enterado de que la sirvienta llevó por la tarde las rosas!-, Armando encararía con benevolencia los impulsos de su pequeña mujer, y de noche ellos dormirían juntos.
Y ella habría olvidado las rosas y su belleza.
No, pensó de repente, vagamente advertida. Era necesario tener cuidado con la mirada asustada de los otros. Era necesario no dar nunca más motivo de miedo, sobre todo con eso tan reciente. Y, en particular, ahorrarles cualquier sufrimiento de duda. Y que nunca más tuvieran necesidad de la atención de los otros, nunca más esa cosa horrible de que todos la miraran mudos, y ella frente a todos. Nada de impulsos.
Pero al mismo tiempo vio el vaso vacío en la mano y también pensó: “él” dijo que yo no me esfuerce por conseguirlo, que no piense en tomar actitudes solamente para probar que ya estoy…
- María- dijo entonces al escuchar de nuevo los pasos de la empleada. Y cuando ésta se acercó, le dijo temeraria y desafiante-: ¿Podrías pasar por la casa de la señora Carlota y dejarle estas rosas? Diga así: “Señora Carlota, la señora Laura se las manda”. Solamente eso: “Señora Carlota….”.
- Si, si…- dijo la sirvienta, paciente. Laura fue a buscar una vieja hoja de papel de China. Después sacó con cuidado las rosas del florero, tan lindas y tranquilas, con las delicadas y mortales espinas. Y al mismo tiempo se libraría de ellas. Y podía vestirse y continuar su día. Cuando reunió las rositas húmedas en un ramo, alejó la mano que las sostenía, las miró a distancia torciendo la cabeza y entrecerrando los ojos para un juicio imparcial y severo.
Y, cuando las miró, vio las rosas.
Y entonces, irreprimible, suave, ella insinuó para sí: no lleves las flores, son muy lindas.
Un segundo después, muy suave todavía, el pensamiento fue levemente más intenso, casi tentador: no las regales, son tuyas. Laura se asustó un poco: porque las rosas nunca eran suyas.
Pero esas rosas lo eran. Rosadas, pequeñas, perfectas: lo era. Las miró con incredulidad: eran lindas y eran suyas. Si consiguiera pensar algo mas, pensaría: suyas como hasta entonces anda lo había sido.
Y podría quedarse con ellas, pues ya había pensado aquella primera molestia que hiciera que vagamente ella hubiese evitado mirar demasiado las rosas.
¿Por qué regalarlas, entonces?, ¿lindas y darlas? Entonces, cuando descubres una cosa bella, ¿entonces vas y la regalas? Si eran suyas, se insinuaba ella persuasiva sin encontrar otro argumento además del simple y repetido, que le parecía cada vez más convincente y simple. No iban a durar mucho, ¿ por qué darlas entonces mientras estaban vivas? ¿Dar el placer de tenerlas mientras estaban vivas? El placer de tenerlas no significa gran riesgo -se engañó- pues. Lo quisiera o no , en breve sería forzada a privarse de ellas, y entonces nunca más pensaría en ellas, pues ellas habrían muerto; no iban a durar mucho, entonces, ¿por qué regalarlas? El hecho de que no duraran mucho le parecía quitarle la culpa de quedarse con ellas, en una oscura lógica de mujer que peca. Pues se veía que iban a durar poco (iba a ser rápido, sin peligro) Y aunque -argumentó en un último y victorioso rechazo de culpa- no fuera de modo alguno ella quien había querido comprarlas, el vendedor había insistido mucho y ella se tornaba siempre muy tímida cuando la forzaban a algo, no había sido ella quien quiso comprar, ella no tenía culpa ninguna. Las miró encantada, pensativa, profunda.
Y, sinceramente, nunca vi en mi vida cosa más perfecta.
Bien, pero ella ahora había hablado con María y no tendría sentido volver atrás. ¿Era entonces demasiado tarde?, se asustó viendo las rosas que aguardaban impasibles en su mano. Si quisiera, no sería demasiado tarde… Podría decir a María: “¡María, resolví que yo misma llevaré las rosas cuando vaya a cenar!” Y, claro, no las llevaría… María no tendría por qué saberlo. Antes de cambiarse de ropa ella se sentaría en el sofá por un momento, sólo por un momento, para mirarlas. Mirar aquel tranquilo desprendimiento de las rosas. Sí, porque ya estaba hecha la cosa, valía más aprovechar, no sería tan tonta de quedarse con la fama y sin el provecho. Eso mismo es lo que haría.
Pero con las rosas desenvueltas en la mano ella esperaba. No las ponía en el florero, no llamaba a María. Ella sabía por qué. Porque debía darlas. Oh, ella sabía por qué.
Y también que una cosa hermosa era para ser dada o recibida, no sólo para tenerla. Y sobre todo, nunca para “ser” Sobre todo nunca se tenía que ser una cosa hermosa. Porque a una cosa hermosa le faltaba el gesto de dar. Nunca se debía quedar con una cosa hermosa, así como guardada dentro del silencio perfecto del corazón. (Aunque si ella no regalaba las rosas, ¿alguien lo descubriría alguna vez?, era horriblemente fácil y al alcance de la mano quedarse con ellas, ¿pues quién iría a descubrirlo? Y serían suyas, y por eso mismo las cosas quedaría así y no se hablaría más de eso…)
¿Entonces?, ¿y entonces?, se preguntó algo inquieta. Entonces, no. Lo que debía hacer era envolverlas y mandarlas, ahora sin ningún placer; envolverlas y , decepcionada, enviarlas; y asustada, quedar libre de ellas. Porque una persona debía tener coherencia, los pensamientos debían tener congruencia: si espontáneamente resolviera cederlas a Carlota, debería mantener la resolución y regalárselas. Porque nadie cambiaba de idea de un momento a otro.
Pero ¡cualquier persona se puede arrepentir!, se rebeló de pronto. Porque sólo en el momento en que tomó las rosas notó qué lindas eran. ¿O un poco antes? ( Y estas eran suyas) El propio médico le había dado una palmada en la espalda diciéndole: “No se esfuerce por fingir, usted sabe que está bien”, y después de eso la palmada fuerte en la espalda. Así, pues, ella no estaba obligada a tener coherencia, no teía que probar nada a nadie y se quedaría con las rosas. ( Eso mismo, eso mismo ya que éstas eran suyas.)
- ¿Están listas?
- Sí, ya están -dijo Laura sorprendida.
Las miró mudas en sus manos. Impersonales en su extrema belleza. En su extrema tranquilidad perfecta de rosas. Aquella última instancia: la flor. Aquella última perfección: la luminosa tranquilidad.
Como viciosa, ella miraba ligeramente ávida la perfección tentadora de las cosas, con la boca un poco seca la miraba.
Hasta que, lentamente austera, envolvió los tallos y las espinas en el papel de China. Tan absorta había estado que sólo al extender el ramo preparado notó que ya María no estaba en la sala y se quedó sola con su heroico sacrificio. Vagamente, dolorosamente, las miró, así distantes como estaban en la punta del brazo extendido, y la boca quedó aún más apretada, aquella envidia, aquel deseo, pero ellas son mías, exclamó con gran timidez.
Cuando María regresó y cogió el ramo, por un pequeño instante de avaricia Laura encogió la mano reteniendo las rosas un segundo más…¡ellas son tan lindas y son mías, es la primera cosa linda que es mía!, ¡ y fue el hombre quien insistió, no fui yo quien las busqué!, ¡ fue el destino quién lo quiso! ¡OH, sólo por esta vez!, ¡sólo esta vez y juro que nunca más! (Ella podía, por lo menos , sacar para sí una rosa, nada más que eso: una rosa para sí. Solamente ella lo sabría, y después nunca más, ¡OH, ella se comprometía a no dejarse tentar más por la perfección, nunca más)
Y en el minuto siguiente, sin ninguna transición, sin ningún obstáculo, las rosas estaban en manos de la sirvienta, ¡no en las suyas, como una carta que ya se ha echado en el correo!, ¡no se puede recuperar más ni arriesgar las palabras!, no sirve de nada gritar: ¡no fue eso lo que quise decir! Quedó con las manos vacías pero su corazón obstinado y rencoroso aún decía: ¿Todavía puedes alcanzar a María en las escaleras, bien sabes que puedes arrebatarle las rosas de las manos y robárselas!. Porque quitárselas ahora seria robarlas. ¿Robar lo que era suyo? Eso mismo es lo que haría cualquier persona que no tuviera lástima de la otras: ¡robaría lo que era de ella por derecho propio! ¿OH, ten piedad, Dios mío! Puedes recuperarlas, insistía con rabia. Y entonces la puerta de la calle golpeó.
En ese momento la puerta de la calle golpeó.
Entonces lentamente ella se sentó con tranquilidad en el sofá. Sin apoyar la espalda. Sólo para descansar. No, no estaba enojada, OH, ni siquiera un poco. Peo el punto ofendido en el fondo de los ojos se habían agrandado y estaba pensativo. Miró el florero. “Dónde estaban mis rosas”, se dijo entonces muy sosegada.
Y las rosas le hacían falta. Habían dejado un lugar claro dentro de ella. Si se retira de una mesa limpia un objeto, por la marca más limpia que éste deja, se ve que alrededor había polvo. Las rosas habían dejado un lugar sin polvo y sin sueño dentro de ella. En su corazón, aquella rosa que por lo menos habría podido quedarse sin perjudicar a nadie en el mundo, faltaba. Como una ausencia muy grande. Es verdad, como una falta. Una ausencia que entra en ella como una claridad. Y, también alrededor de la huella de las rosas, el polvo iba despareciendo. El centro de la fatiga en un círculo que se ensanchaba. Como si ella no hubiera planchado ninguna camisa de Armando. Y en la claridad de las rosas, éstas hacían falta. “Dónde están mis rosas”, se quejó sin dolor, alisando los pliegues de la falda.
Como cuando se exprime un limón en el té oscuro y éste se va aclarando, su cansancio iba aclarándose gradualmente, Sin cansancio alguno, por otra parte. Así como se encienden las luciérnagas. Ya que no estaba cansada, iba a levantarse y vestirse. Era la hora de comenzar.
Pero, con los labios secos, por un instante trató de imitar por dentro a las rosas. Ni siquiera era difícil.
Por suerte no estaba cansada. Así podría ir mas fresca a la cena. ¿Por qué no poner sobre el cuellito de encaje autentico el camafeo? Ese que el mayor trajera de la guerra de Italia. Embellecería más el escote. Cuando estuviera lista escucharía el ruido de la llave de Armando en la puerta. Debía vestirse. Pero todavía era temprano. Él se retrasaba por las dificultades del transporte. Todavía era de tarde. Una tarde muy linda.
Ya no era más de tarde.
Era de noche Desde la calle subían los primeros ruidos de la oscuridad y las primeras luces.
En ese momento la llave entró con facilidad en el agujero de la cerradura.
Armando abriría la puerta. Apretaría el botón de la luz. Y de pronto en el marco de la puerta se recortaría aquel rostro expectante que él trataba de disfrazar pero que no podía contener. Después su respiración ansiosa se transformaría en una sonrisa de gran alivio. Aquella sonrisa embarazada de alivio que él jamás sospechaba que ella advertía. Aquella libido que probablemente, con una palmada en la espalda, le habían aconsejado a su pobre marido que ocultara. Pero que para el corazón tan lleno de culpa de l mujer había sido cada día la recompensa por haber dado de nuevo a aquel hombre la alegría posible y la paz, consagrada por la manos de un sacerdote austero que apenas permitía a los seres la alegría humilde, y no la imitación de Cristo.
La llave giró en la cerradura, la figura oscura y precipitada entró, la luz inundó con violencia la sala.
Y en la misma puerta se destacó él con aquel aire ansioso y de súbito paralizado, como si hubiera corrido leguas para no llegar demasiado tarde. Ella iba a sonreír. Para que él borrara la ansiosa expectativa del rostro, que siempre venía mezclada con la infantil victoria de haber llegado a tiempo para encontrarla aburrida, buena y diligente, a ella, su mujer. Ella iba a sonreír para que de nuevo él supiera que nunca más correría el peligro de llegar tarde. Había sido inútil recomendarle que nunca hablaran de aquello: ellos no hablaban pero habían logrado un lenguaje del rostro donde el miedo y la desconfianza se comunicaban, y pregunta y respuesta se telegrafiaba, mudas. Ella iba a sonreír. Se estaba demorando un poco, sin embargo, iba a sonreír.
Calma y suave dijo:
- Volviste, Armando, volviste.
Como si nunca fuera a entender, él mostró un rostro sonriente, desconfiado. Su principal trabajo era retener el aliento ansioso por su carrera en las escaleras, ya que ella estaba allí, sonriéndole. Como si nunca fuera a entender.
- Volví, y qué- dijo finalmente en tono expresivo.
Pero, mientras trataba de no entender jamás, el rostro cada vez más vacilante del hombre ya había entendido sin que se le hubiera alterado un rasgo. Su trabajo principal era ganar tiempo y concentrarse en retener la respiración. Lo que, de pronto, ya no era difícil. Pues inesperadamente el percibía con horror que la sala y la mujer estaban tranquilas y sin prisa. Pero desconfiando todavía, como quien fuese a terminar por dar una carcajada el comprobar el absurdo, él se obstinaba, sin embargo, en mantener el rostro torcido, mirándola en guardia, casi enemiga. De donde comenzaba a no poder impedir verla sentada con las manos cruzadas en el regazo, con la serenidad de la luciérnaga que tiene luz.
En la mirada castaña e inocente el embarazo vanidoso de no ave podido resistir.
- Volví, y qué -dijo él de repente con dureza.
- No pude impedirlo- dijo ella, y en su voz había la última piedad por el hombre, la última petición de perdón que ya venía mezclada a la altivez de una soledad casi perfecta- . No pude impedirlo -repitió entregándole con alivio la piedad que ella consiguiera con esfuerzo guardar hasta que él llegara- Fue por las rosas -dijo con modestia.
Como si fuese para retratar aquel instante, él mantuvo aún el mismo rostro ausente, como si el fotógrafo le pidiera solamente un rostro y no un alma. Abrió la boca e involuntariamente por un instante la cara tomó la expresión de cómico desprendimiento que él había usado para esconder la vergüenza cuando le pidiera un aumento al jefe. Al instante siguiente, desvió los ojos con vergüenza por la falta de pudor de su mujer, que suelta y serena allí estaba.
Pero de pronto la tensión cayó. Sus hombros se bajaron, los rasgos del rostro cedieron y una gran pesadez lo relajó. Él la observó, envejecido, curioso.
Ella estaba sentada con su vestido de casa. Él sabía que ella había hecho lo posible para no tornarse luminosa e inalcanzable. Con timidez y respeto, él la miraba. Envejecido, cansado, curioso. Pero no tenía nada que decir. Desde la puerta abierta veía a su mujer que estaba sentada en el sofá, sin apoyar las espaldas, nuevamente alerta y tranquila como en un tren. Que ya partiera.

martes, 3 de marzo de 2009

ENTREVISTAS A CLARISE

lunes, 2 de marzo de 2009

FRAGMENTOS DE "AGUA VIVA". LA RUGOSIDAD DEL TRAZO




“Te escribo entera y siento un sabor en ser y el sabor-a-ti es abstracto como el instante. También con todo el cuerpo pinto mis cuadros y en el lienzo fijo lo incorpóreo, yo cuerpo-a-cuerpo conmigo misma.”

“Hoy he acabado el lienzo del que te hablé: líneas redondas que se entrecruzan con trazos finos y negros, y tú, que tienes la costumbre de querer saber por qué -el porqué no me interesa, la causa es la materia del pasado-te preguntarás ¿por qué los trazos negros y finos? Es por el mismo secreto que me hace escribir como si fuese a ti, escribo redondo, enmarañado y tibio, pero a veces frío como los instantes frescos, agua del arroyo que tiembla siempre por sí misma. ¿Lo que he pintado en esta tela es susceptible de ser fraseado? Tanto como la palabra muda pueda estar implícita en el sonido musical.”

“Soy consciente de que todo lo que sé no lo puedo decir, sólo puedo pintando o pronunciando sílabas ciegas de sentido.”

“Al escribir no puedo fabricar como en la pintura, cuando fabrico artesanalmente un color. Pero estoy intentando escribirte con todo el cuerpo, enviarte una flecha que se hinque en el punto tierno y neurálgico de la palabra. Mi cuerpo incógnito te dice: dinosaurios, ictiosaurios y plesiosauros, con un sentido tan sólo auditivo, sin que por eso se convierta en paja seca, sino húmeda. No pinto ideas, pinto el más inalcanzable 'para siempre'. O ¡para nunca', da igual. Antes que nada pinto pintura.”

“Y si muchas veces pinto grutas es porque ellas son mi zambullida en la tierra, oscuras pero aureoladas de claridad, y yo sangre de la naturaleza; grutas extravagantes y peligrosas, talismán de la tierra, donde se unen estalactitas, fósiles y piedras, y donde los animales que aman su propia naturaleza maléfica buscan refugio. Las grutas son mi infierno.”

“Te escribo como un esbozo antes de pintar.”

“Es tan curioso haber sustituido las pinturas por esa cosa extraña que es la palabra. Palabras…Me muevo con cuidado entre ellas porque pueden volverse amenazadoras; puedo tener la libertad de escribir lo siguiente:
'peregrinos, mercaderes y pastores guiaban sus caravanas rumbo al Tibet y los caminos eran difíciles y primitivos'. Con esta frase he hecho nacer una escena, como en un flash fotográfico.”

“Y en mi noche siento el mal que me domina. Lo que se llama un bello paisaje no me causa más que cansancio. Lo que me gusta son los paisajes de tierra reseca, con árboles retorcidos y montañas hechas de roca y con una luz alba y suspensa. Allí, sí, allí está la belleza recóndita. Sé que tampoco te gusta el arte. Nací dura, heroica, solitaria y de pie. Y he encontrado mi contrapunto en el paisaje sin elementos pintorescos y sin belleza. La fealdad es mi estandarte de guerra. Yo amo lo feo con un amor de igual a igual.”

“Voy a hacer un adagio. Lee lentamente y en paz. Es un amplio fresco.”


“No existe nada más difícil que entregarse al instante. Esta dificultad es dolor humano. Es nuestra. Yo me entrego en palabras y me entrego cuando pinto.”

“Te escribo a la medida de mi aliento. ¿Soy hermética como en mi pintura? Porque parece que hay que ser terriblemente explicita. ¿Soy explícita? Poco me importa. Ahora voy a encender un cigarrillo. Quizás vuelva a la máquina o quizás me pare aquí mismo para siempre. Yo, que nunca soy adecuada.”

“Hoy he usado ocre rojo, ocre amarillo, negro y un poco de blanco. Siento que estoy cerca de fuentes, lagunas y cascadas, todas de aguas abundantes y frescas para mi sed. Y yo, salvaje por fin y por fin libre de los secos días de hoy, troto hacia delante y hacia atrás sin fronteras. Practico cultos solares en las laderas de altas montañas. Pero soy tabú para mí misma. Intocable por prohibida. ¿Soy el héroe que lleva la antorcha en una carrera eterna?"

“Creo el material antes de pintarlo, y la madera se hace tan imprescindible para mi pintura como lo sería para un escultor. Y el material creado es religioso; tiene el peso de vigas de convento. Compacto, cerrado como una puerta cerrada. Pero en el portal hubo desgarradas aberturas, rasgadas por uñas. Y a través de esas brechas se ve lo que está dentro de una síntesis, dentro de la simetría utópica. Color coagulado, violencia, martirio, son las vigas que sustentan el silencio de una simetría religiosa.”

“Un espejo es frío y hielo. Pero hay una sucesión de oscuridades en su interior -comprender esto es un instante excepcional- y es preciso estar al acecho días y noches, en ayunas de uno mismo, para poder captar y sorprender esa sucesión de oscuridades que hay en su interior. Con los colores blanco y negro capturo en la tela la luminosidad trémula. Con el mismo blanco y negro capturo también, con un escalofrío, una de sus verdades más difíciles: su gélido silencio sin color. Es necesario entender la violenta ausencia de color de un espejo para poder recrearlo, como si se recrease la violenta ausencia de sabor del agua.”

“Ahí puedo pintar la esencia de un armario ropero. La esencia que nunca es cantabile. Pero quiero tener la libertad de decir cosas sin nexo como una profunda forma de alcanzarte. Sólo lo equivocado me atrae, y amo el pecado, la flor del pecado.”

“Pero voy a hablarte ahora del soplo de vida. Cuando uno ya no respira se le hace la respiración boca a boca; se pega la boca a la boca del otro y se respira. Y el otro empieza a respirar otra vez.”

“El verdadero pensamiento parece no tener autor.”

"SILENCIO", CLARICE LISPECTOR












Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta —cómo ardemos por ser llamados a responder—, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.

HINDU SONG

"ES ALLI DONDE VOY" CLARICE LISPECTOR

Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy.
La punta del lápiz el trazo.
Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí a donde voy.
En la punta del pie el salto.
Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy.
¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy.
En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra «tertulia», y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.
Es hacia mi pobre nombre adonde voy.
Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa.
En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo.
Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto.
Oh, cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente.
¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

Danza de los Silfos, Hector Berlioz